Fragmento de "Los últimos días de nuestros padres" de Joël Dicker

Cada semana desde noviembre, incansable, Kunszer iba a visitar al padre, con sus vituallas y su champán. Y comía con él, para asegurarse también de que se alimentaba. De su cocina seguían emanando olores deliciosos, porque el padre preparaba todos los días un plato para su hijo. Pero ni siquiera la probaba, se negaba: la comida del hijo, si el hijo no venía, no debía comerse. Así que los dos hombres, silenciosos, se contentaban con provisiones frías. Kunszer tocaba apenas la comida, pasaba hambre a propósito para que quedaran sobras y que el padre siguiera alimentándose. Después, deslizaba discretamente algo de dinero en la bolsa de provisiones.
Los fines de semana, el hombrecillo ya no salía de casa.
- Debería salir a tomar un poco el aire- le repetía Kunszer.
Pero el padre se negaba.
- No me gustaría que Paul-Emile llegase y no me encontrara aquí. ¿Por qué ya no me manda noticias?
- Si pudiese, lo haría. Ya sabe, la guerra es difícil.
- Lo sé...suspiraba-.¿Es un buen soldado?
-El mejor.
Cuando hablaban de Palo, el rostro del padre se coloreaba ligeramente.
-¿Ha luchado usted a su lado?- Preguntaba el padre al final de cada comida, como si se repitiese sin cesar el mismo día, anclando el calendario.
-Sí.
-Cuénteme- suplicaba el padre.
Y Kunszer le contaba. Cualquier cosa, Con tal de que el padre s sintiese menos solo. Contaba éxitos fantásticos, en Francia, en Polonia, en cualquier sitio donde el Reich tenía a sus soldados desplazados. Paul-Émile arrasaba columnas de blindados y salvaba a sus compañeros; por la noche, en lugar de dormir, si no lanzaba obuses antiaéreos al cielo, servía como voluntario en los hospicios para mutilados. El padre estaba loco de admiración por su hijo.
-¿No quiere usted salir un poco?- proponía Kunszer cada vez que terminaba su sempiterno relato.
El padre se negaba. Y Kunszer insistía.
-¿ Al cine?
- No.
- ¿A un concierto? ¿A la ópera?
- Le digo que no
- ¿ Un paseo?
- No, gracias
-¿ Qué le gusta? ¿El teatro? Puedo conseguirle lo que quiera, la Comédie-Française si le apetece.
Los actores iban a cenar a menudo a la cafetería del Lutetia. Si el padre deseaba conocerlos, o si quería asistir a una representación privada, se lo conseguiría. Sí, actuarían para él, en su salón, si ese era su deseo. Y si se negaban a venir, haría cerrar su estúpido teatro, les enviaría a la Gestapo y los deportaría a todos a Polonia.
Pero el padre no quería otra cosa que a su hijo. A principios de enero, había explicado a su único visitante:
- Sabe, una vez salí. Solo para hacer unos recados sin importancia. Y cerré la puerta con llave, a pesar de mi promesa, pero por culpa de unos ladrones de postales que me habían robado una que había enviado Paul-Émile, y que yo sin duda había escondido mal. En fin, ese día vino mi hijo y  no estaba. No me lo perdonaré nunca, soy un pésimo padre.
- ¡No diga eso! ¡Es usted un padre formidable!- había exclamado Kunszer, con repentinas ganas de saltarse la tapa de los sesos con su Luger.
Al día siguiente, pedía las postales de Ginebra a través de la antena suiza de la Abwehr.


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